Yajé
- El Nuevo Purgatorio
Buy
It On Amazon Here
Cómprelo en Español
Brebaje
ancestral amazónico llega a ciudades colombianas
¿
A USTED LE PINTA LA PINTA O LA PINTA LE PINTA A USTED ?
Reflexiones sobre las tomas de
yajé con Taita Pacho Piaguaje, Buenavista, Putumayo
escrito por: Jimmy
Weiskopf
el texto fue publicado en la revista Colombiana, Visión
Chamánica, no. 3, Diciembre 2000
Otro artículo en español sobre el espíritu del yajé, Jimmy, su
chamán y sus compadres: elespectador.com
No creo que el yajé
de por sí confiera la sabiduría pero sí toca fuentes de inspiración
normalmente inactivas, causando una explosión de creatividad,
de intuiciones y ideas valiosas. En la medida que se aplica esa
sensibilidad a la vida normal, cambia la persona. Es una escuela
donde uno tiene que seguir las clases hasta el final. No es cuestión
de refugiarse de la cotidianidad, porque sin reformas reales en
su conducta y pensamiento los castigos del yajé serán cada vez
mayores. Más bien se trata del placer de ver despertar los talentos
con que nacimos y estar dispuesto a someterse a una disciplina
prolongada para desarrollarlos.
Entre más tomaba yajé
donde Pacho, más sentía que estaba colaborando en un gran teatro
de simbolismos compromidos que abrazaba mi cuerpo, mi memoria
y una misteriosa subconsciencia. De hecho, diría mega-consciencia,
ya que toca mundos que sencillamente no caben dentro de los esquemas
cerrados de la psicología ortodoxa.
Según mi entendimiento
la subconsciencia incluye los impulsos, anhelos, fantasías, miedos,
etc. que no pueden ser expresados de una manera lúcida y no se
prestan a formulaciones linguísticas. El trabajo de psicoanalísta
es sacarlos a la luz, interpetar su verdadero significado y conscientizándo
al paciente, curarlo. En mi opinión, todo esos fenómenos tienen
algo en común, que surgen de las experiencias personales; en cambio,
lo que tienen en común las visiones del yajé es que difícilmente
se relacionan con lo que uno ha vivido. ¿Cómo pude ver detalladamente
y con mucho colorido en mi pinta de yajé, escenas de la mitología
indígena y la iconografía religiosa del Oriente? ¿O los animales
selváticos del chamanismo clásico que nunca había encontrado en
la vida real?
Otras características
de la pinta también son llamativas.
Su velocidad, su sofisticado nivel
de abstracción visual, su multifacetismo que permite ver unidad
dentro de las formas cambiantes, todo eso sugiere una fuerza que
no es meramente psicológica ni tampoco "mística" sino
supernatural en el sentido original de la palabra. Mejor
dicho, la misma naturaleza que asociamos con las plantas y los
animales pero mucho más grande que la presencia que sentimos con
nuestra percepción normal, una naturaleza interior cuya pavorosa
exuberancia está dentro de uno en lugar de parecer algo
visto desde la ventana de un carro. La pinta es absorvente y
todopoderosa. Es una bestia que salta, ruge, devora, que tiene
una personalidad distinta a las minucias de la experiencia personal.
Tomar yajé es mucho
más práctico que las terapias convencionales, en el sentido de
que realmente también reforma a las personas. El enfoque de Freud
era revolucionario en su día en la reconstrucción del hombre por
su rechazo al oscurantismo, pero lastimosamente no alivió a los
enfermos.
Esos mensajes comprimidos
de los cuales hablo, tienen que ver con el lenguaje de
la pinta, que es afín a la música en su abstracción y su poder
de captar y transmitir ciertas profundidades que no se expresan
con la misma fidelidad a través de las palabras.
Hubo momentos en
Buenavista, especialmente en las tomas con muchas personas que
sus respectivas energías, mezcladas con los espíritus de la selva,
dejaban en mi pinta un "paisaje" espectral que registraba
las influencias psíquicas o sentimentales del entorno y era susceptible
al manejo orquestal del chamán. Tenía la ilusión de estar en
la espesura de la selva, navegando entre la vegetación que, en
un punto del camino se abría para permitir la entrada de la luz,
en otro se cerraba la perspectiva creando un flujo de efectos
visuales en armonía con las pulsaciones humanas de mi alrededor.
La sensibilidad combinaba una percepción de la realidad externa
con la pinta primaria, que era más vaga . . . un fondo de puntos
de luz transformados en diseños de tela bordada. Estaba flotando
en un mar de colores imaginarios y al mismo tiempo, dando vistazos
a la choza con su fila de hamacas, la fogata, la mesa de Taita
con la totuma del yajé. Así que la navegación entre las hojas,
bejucos, quiches, se relacionó con los espacios del entorno, tanta
físicos como etéreos. El bejuco me creaba algo como un plano de
la casa del yajé, con sus objetos reales y sus energías invisibles.
La música de Pacho
se entrelazaba con el paisaje, transformándose en ondas de colores
de distintos matices e intensidades. A veces se filtraba suavemente
por entre los troncos, como si fuera algo insubstancial, como
neblina que venía de una fuente distante apenas perceptible y
sutilmente teñía todo. En otros instantes, se convertía en una
aparición más inmediata y cortante, como el brillo fugaz de la
mariposa azul que anuncia la llegada de las visitas. También llegaban
explosiones de pinta, que volaban los componentes visuales, los
cuales se reintegraban pronto en una nueva composición, algo parecido
a un espectáculo pirotécnico. A pesar de las numerosas permutaciones,
en esa selva imaginaria seguía viendo a Pacho, a veces grande,
a veces pequeño, desde cerca o desde lejos. Siempre mirándolo
a través de la galería vegetal, un corredor verde. Era como el
eje de mi contacto con su energía fluída, penetrante, creadora
y con el juego entre él y las corrientes emocionales de los demás.
A pesar de ser aparentamente
un lenguaje visual, no sólo se ve la pinta, también se siente
de distintas maneras simultáneamente. Por ejemplo, me acuerdo
de la vez que tuve la sensación de estar acostado en el piso de
una gran bóveda, mirando hacia un cielo hemisférico. Puntos amarillos
y verdes estridentes que dejaban un sabor ácido en mi boca formaban
una malla de figuras. Bailaban, saltaban, avanzaban y luego estallaban
para agruparse nuevamente con una precisión militar.
Fueron apenas unos
instantes de una compleja secuencia de pinta que tuve durante
largo tiempo aquella noche. No fue una visión objetiva, distante,
fría. Igual a lo que veía, mi consciencia estaba en movimiento:
experimenté sensaciones de velocidad, de ascensión y de caída,
además de cambios de perspectiva y la pérdida y la recuperación
de la identidad personal. Esa pinta tenía hasta un sabor característico,
el cual producía náuseas y calor.
Durante semejante
bombardeo de efectos fuertes la voz del yajé comienza a romper
ciertas barreras. Puede ser que uno refleje igual sobre su vida
en su estado normal pero la mente es tramposa e inventa pretextos
para resistir el verdadero cambio. Con el yajé las lecciones puramente
cerebrales son resforzadas con otras sensaciones más primitivas.
En algún sentido uno está utilizando otra clase de inteligencia,
la cual se dispersa a través de todo el cuerpo y cuyo foco es
el estómago, no la cabeza.
Hace un puente entre
factores en la personalidad que son estrictamente vivenciales
y otros que vienen de una dimensión cósmica. Luchando contra el
dominio del ego, desbarata la consciencia normal, la percepción
se vuelve fragmentada y otra realidad entra por los intersticios.
Obviamente es imposible
entender este proceso mientras uno está experimentándolo; tampoco
hay necesidad porque, quiera o no, el yajé penetra el alma del
tomador y su sabiduría no depende del cerebro.
En menor grado, estaba
comenzando a tener cierto sentido del proceso, sobre todo, de
reconocer el dominio del bejuco y la necesidad de entregarme a
su espíritu. Díficiles lecciones porque soy, como muchos, un egoista
obstinado.
Cada vez más, me
veía a mí mismo como realmente fui, apretado en todo sentido,
miedoso y programado. En el nivel corpóreo, me lo revelaba la
continuada resistencia a la evacuación. En un nivel interior,
el yajé me enseñaba que era indispensable soltarme en todo sentido.
Revivía los conflictos con mi ex-mujer, mis padres e hijos, pero
bajo una nueva luz: el sentimiento general era no dar tanta importancia
a esos u otros rencores porque, frente a la eternidad eran insigificantes,
como mi propia vida.
Cuando hablo de los
conflictos personales no quiero decir que los veía directamente.
Sólo pasó ocasionalmente. Más bien rehacía mi vida mediante impresiones
subliminales estimuladas por pintas que no tenían nada que ver
con mis experiencias sino que venían de otros mundos. Realidades
autónomas, extrañas pero nítidas, que al mismo tiempo se relacionaron
con mi vida personal mediante razones no-pensadas.
En gran parte, la pinta
sólo insinúa las reformas específicas que se deben realizar y
obviamente, lograrlas depende de la voluntad de cada persona.
En cambio, le proporciona una gran ayuda indirecta, le pone en
contacto con lo sublime. Cuando usted está en auténtico contacto
con los espíritus iluminados comprende que la aceptación de su
fragilidad da como recompensa una paz interior. Frente a la pura
exuberancia de la naturaleza, se siente asombro, adoración, alivio
y dicha: esa conscientización ayuda a apagar brevemente el díalogo
interior del cual habla don Juan, el maestro de Castaneda. Claro
que fortalecer esa paz es trabajo de muchos años de tomar yajé,
pero una vez que se siente está en buen camino.
En términos visuales,
muchas pintas fueron abstractas, aunque los mismos elementos se
transformaban fácilmente en representaciones. Igual al agua, la
pinta nunca es un fenómeno fijo. Siempre está en movimiento, además
es evasivo: si usted se esfuerza en captarla cambia de forma y
posición, dejando el observador atrás. Es como echar vistazos
a un caleidoscopio poderoso y super-veloz.
La pinta tomaba distintas
modalidades dependiendo del progreso de la rasca. A veces estaba
tenue, como un malla de colores interpuesta ante lo observado,
más parecida a vibración que algo visto. Pero tarde o temprano,
especialmente entrando en la etapa de la evacuación, me pegaba
repentinamente y con mucha fuerza. De un momento a otro salía
de mi percepción levemente alterada y estaba ahogado en un mundo
de imágenes. De ahí en adelante mil cosas podían suceder. Variaba
el espacio interior, el grado de inmersión, la temperatura, la
linealidad, la curvatura y la textura de la pinta.
Las visiones tenían
en común una geometría sublime, basada en la conjugación de puntos
de color iridiscente y caracterizada por su tridimensionalidad,
aceleración y mutabilidad. Auncuando todo era un flujo de efectos
anárquicos, yo presentía una lógica interior, una estructura coherente,
parecida a lo que pasa con un espiral que va ascendiendo hasta
el cielo pero siempre alrededor de un eje. En el momento menos
esperado, esa turbulencia iba definiéndose, un poco a la manera
de los íconos de un computador que, cambiando de tamaño, lugar
o nitidez, saltan a la vista, cumplen sus funciones y son reemplazados
por otros.
Mientras unas imágenes
sí fueron reminiscencias del medio natural que yo observaba, llegaron
transformadas en símbolos llamativos de un mundo que no era literal.
Una noche, luego de un viaje a Puerto Asís, fui transportado al
río. Como si estuviera en una canoa, estaba flotando lentamente
sobre el agua por entre un paisaje tropical. Era un suave flujo
de imágenes naturales--las ondas en el agua, los peces, la vegetación
ribereña--intensificadas hasta el punto de formar patrones geométricos
los cuales iban disolviéndose. Todo era fluidez, deslizamiento
y la lenta descomposición de la materia. Olía la podredumbre a
mi alrededor, sentía como los bancos del río se iban derrumbando
hasta caer en el agua, que absorbía cada ser vivo, llevando y
transformando todo lo orgánico en un fango primordial. Era un
paradigma de la impermanencia y la muerte.
Otras pintas traían
figuras que no tenían nada que ver con el entorno. Menciono dos
en particular, una que giraba alrededor del tema budista y otra
alrededor de lo indígena.
Ver la pinta no es
como prender un televisor: es una transformación gradual de los
componentes germinales, ese celaje de figuras coloridas. En el
caso del budismo, comencé viendo patrones desdibujados, como los
que se asumen las aguas y las nubes. Poco a poco esas manchas
lineales o curvadas se volvieron más ordenadas y simétricas. Ingresé
a un templo, pasando por recintos cada vez más fantásticos. Era
similar a lo que uno ve a través de una lente telescópica mediante
los saltos del marco que define el campo visual y va magnificando
sucesivamente la misma imagen. Al mismo tiempo, en la manera de
la ilusión óptica que sentimos cuando estamos en un tren estacionario
que queda paralelo a otro que está en movimiento, era imposible
de determinar si la pinta se me estaba acercando a mí o vice versa.
Llegó repentinamente
un momento de arranque, en el cual yo estaba compenetrado con
la pinta, que tomó vida propia y se aceleró, llevándome más al
fondo. Pasé de la entrada del edificio a unas salas cada vez más
herméticas. Con la visión periférica, cogí vistazos de paredes
en filigrana, tapetes y pilares para luego ascender unas escaleras
bajas que conducían al salón principal.
Coronado el último
peldaño, llegué al máximo grado de definición y se me apareció
sobre una plataforma, primero un trono central flanqueado por
dos menores, luego la vaga presencia de unos lamas protectores
y al final, por la silla real, la figura central del Buda.
Presencié una luminosidad
creadora capaz de infinita transformación. Giraba velozmente
por varios ejes y en cada revolución veía distintos aspectos de
una majestuosa figura sentada en postura de loto con la cara redonda,
la sonrisa de iluminación, el tocado adornado con joyas. Pero
no era sólida sino un conjunto dinámico, chispeante de luces y
colores en metamorfósis permanente que al mismo tiempo que sugería
multiples estatuas era pura abstracción, un campo de puntos coloridos
con orden interior, como un aviso luminoso visto de cerca. Mientras
la aparición circulaba, los budas se fueron volando hacia afuera,
cambiando en radiaciones que volvieron a su lugar original para
alimentar la parte interior, que ahora tomó los mismos elementos
para revelar otras facetas del fuego central. En medio de los
budas veía los monolitos de San Agustín, faraones y máscaras africanas
que también eran flores, joyas, estrellas, en fin, una loca procesión
de imágenes radiantes con un fuerte simbolismo ritual y un ordenamiento
artístico.
La segunda pinta repetida
que ví fue de unas escenas idealizadas de la vida pasada de la
cultura indígena. Tenía en común con la serie anterior un fuerte
sentido de movimiento interior, pero mientras en el tema budista
tenía la ilusión de estar yendo hacia adentro, en el indígena
la sensación de era más bien de ascenso. Sin embargo, compartió
con la primera esa característica resolución de elementos visuales
indefinidos que van formando patrones reconocibles sin perder
su naturaleza abstracta, como en el caso de los vitrales. Nuevamente
fueron visiones de mucho esplendor y colorido que, se apoderaron
del cuerpo, llevándolo a nuevas dimensiones. En medio del centelleo
tuve momentos en que se me despegó de la percepción cotidiana.
Libre de las ataduras de un cuerpo que envuelve y pesa, me iba
flotando en ese atmósfera de puntos relucientes dentro de una
malocca enorme, viendo filas de indígenas salvajes, musculosos,
semi-desnudos pero vestidos de plumas y collares, participando
en un baile ceremonial. Realmente no vi los detalles arquitectónicos
con claridad sino un gran espacio circular, un anfiteatro que
al mismo tiempo era un domo cuyos perímetros formaban gradas en
las cuales se veían miles de personas. Lo curioso eran sus actitudes.
Algunos se burlaban de mí, señalando la presencia de un extraño;
otros me amenazaban, agitando sus macanas y gritando groserías,
pero poco a poco mientras me iba volando hacia la cima se fueron
calmando. Esto se logró mediante una suerte de diálogo tanto con
ellos como con mi consciencia personal. Era una representación
simbólica del proceso de purificación que estaba viviendo con
el yajé, de cómo mi entrada al mundo de los espíritus dependía
de mi lucha para corregir mis debilidades. Con la aceptación de
esas figuras imaginarias, la cual puede ser interpretada como
el reconocimiento de mi propia pequeñez, la misma asamblea de
formas y colores se disolvió para pintar otras escenas, no tan
fantasiosas pero relacionadas con la vida cotidiana de su pueblo.
Aun así eran visiones de un idilio que probablemente nunca existió
en el pasado, de los indígenas fabricando artesanías, bañandose
en el río, descansando en hamacas,acompañadas por un sentido de
paz y bienestar. Eran como proyecciones de mi propia esperanza
de superar la neurosis a través del yajé, el alivio de sentir
transitoriamente que no ya no tendría que vivir peleando porque
las peleas eran de mi propia invención.
Hablar de un
contacto de esa intensidad también es engañoso porque realmente
el acercamiento es esporádico. Interviene el yo-observador y uno
pierde el hilo para (con suerte) recuperarlo nuevamente. Lo que
distingue el verdadero taita es su capacidad de concentrarse en
las visiones, lo cual depende de su pureza corporal, su buena
conducta y su trayectoría como yajécero.
Lógicamente corresponde
más a la artes plásticas que la literatura captar la esencia del
yajé. De hecho, hay una escuela de artistas tomadores del yajé
que han hecho un buen trabajo en este campo. Algunos, como el
reconocido Pablo Amaringo y otro llamado Jaime Blanco, son primitivistas
pero también los hay académicos, como el brasilero Alexandre Segrégio,
quien ilustró un artículo mío, y el pastuso Javier Lasso, aprendíz
de taita Pacho. Además de admirarlos, los envidio porque trabajan
directamente la parte visual.
Sin embargo, ya no
es tan difícil para el escritor dar a la persona que no conoce
el yajé una idea más nítida del asunto, recurriendo a paralelos
con el cine contemporáneo. Para la muestra recomiendo una película
de Schwarzenegger, llamada El Depredador, que trata de
las aventuras de unos soldados de la fuerza élite gringa que están
peleando en un país tropical. En medio de sus andanzas por la
jungla, a los integrantes del pelotón los van matando de una manera
bastante extraña: aparecen muertos colgados en las altas ramas
a la orilla del camino, completamente mutilados. Al comienzo,
piensan en la guerrilla pero su jefe, Schwarzenegger, se da cuenta
de que el destripador es un espirítu. Entra en un combate
prolongado con ese diablo luego de perder todos sus hombres, sufre
muchas humiliaciones y al final lo mata.
El retrato cinematográfico
del espíritu malo es pura pinta de yajé, quiero decir, aparece
como una configuración de luces--unos destellos de color--, que
se manifiestan con una multiplicidad vertiginosa. Se cambia de
fulgor a sombra, de ave a serpiente, de animal a diablo, de ser
vivo a una figura abstracta, geométrica. Salta del árbol, se vuelve
guerrero y cuando Schwarzenegger le apunta con su fúsil supersónico
se mimetiza con la vegetación para salir nuevamente con otra cara.
Su manera de compenetrarse con el medio aprovechandose de la ambiguidad
óptica lo hace buen ejemplar del espíritu chamánico.
Bajo el embrujo del
bejuco, tengo una fuerte intuición de que la aparición de un cine
de efectos yajéceros no es gratuíta. En el preciso momento cuando
por primera vez en la historia los guardianes del rito están ampliando
sus horizontes para incluir aficionados blancos, surge de avances
en arte y tecnología que no tienen que ver con las culturas indígenas,
una sensibilidad muy parecida a la del yajé. En mi opinión
todo eso es parte de nuestro zeitgeist, el espíritu de
una época apocalíptica en la cual se revelarán muchos secretos
que anteriormente estuvieron guardados.
Sin embargo, los blancos
cometemos un error en obsesionarnos por ver. Pensamos que
la única manera de acercarse a los secretos del bejuco es mirar
visiones. Sucede porque venimos de una cultura sobrecargada con
mensajes visuales. En cambio, el buen campesino tradicional, especialmente
el indígena, mantiene en equilibrio sus sentidos. El medio lo
exige como cuestión de supervivencia. En la selva el tacto es
muy importante, por la plaga y la vegetación que obstruye el camino.
De igual modo, el oído para cazar o advertir un peligro. Hasta
el sabor tiene su papel, en la identificación de las plantas.
Entre más tomo yajé más convencido estoy de la importancia de
tener un sentir polimórfico. Por otro lado, advertiendo que la
pinta no es una ilusión, ¿ Por qué siempre asociamos las "alucinaciones"
con algo visto ? El yajé también hace milagros auditivos. Una
noche, cuando todo a mi alrededor estaba relativamente tranquilo,
oí claro durante unos segundos una tamboreo que resonó por toda
la selva: tan, tan, tan, tan. Fue el sonido de un golpe fuerte
de madera contra madera, parecido a la acústica de los troncos
musicales que se utilizan para propósitos ceremoniales entre los
indígenas del Amazonas. Sin embargo, los compañeros no reaccionaron
y al esforzarme en localizarlo, se esfumó, así que concluyo que
vino de los espíritus.
Al aferrarse demasiado
a las visiones, uno pierde la oportunidad de desarrollar otros
medios de comunicación con los duendes, sobre todo la música,
el baile y la oración. Para la mayoría de los principiantes blancos,
es más práctico penetrar el mundo en lo más recondito del espíritu
a través de una participación activa y comunitaria. Ver la pinta
bien, sosteniéndola y sin extraviarse en la rasca, requiere de
una quietud que no nos viene fácilmente
Ese despertar y
armonización de los sentidos juega un papel primordial en las
reformas que el yajé hace a la persona. Como trabaja no sólo sobre
el intelecto sino tambíen la carne y los reflejos, el bejuco comienza
a sacar la personalidad escondida que está dentro de todos
nosotros, lo que los moralistas tildan de bestia, de salvaje,
de primitivo. En algún sentido si lo es, una fuerza impredecible
que puede explotar en cualquier momento. Yo prefiero verla como
un animal noble por naturaleza pero maltratado por su amo -uno
mismo deformado por la sociedad- que responde al cariño y es susceptible
a la disciplina cuando usted se gana la confianza. Reconozco que,
faltando el marco cultural tradicional, su fuga de la jaula de
las represiones es un proceso traumático y muchas veces violento.
Lucha por establecer su identidad y desata una guerra civil dentro
del alma misma del tomador. Por lo menos así fue mi caso. La única
solución es no tirar la toalla y someterse al sinfin de castigos
que el bejuco tiene reservado para los pretenciosos.
Mientras el ego, con
todas las obsesiones que produce, ayuda a explicar nuestra ceguera
frente a la sabiduría ofrecido por el bejuco, no es el único obstáculo.
Hay algo en la misma naturaleza del yajé que presenta grandes
dificultades. Hablo de la manera en que el bejuco vuelve los circuitos
nerviosos demasiado caprichosos. Es cuestión de la supra-lucidez,
la capacidad de ver nítidamente cada grano de arena en la playa.
Cuando surge un pensamiento, es muy claro, tiene buena definición,
conduce a reflexiones que son ùtiles para la vida. Mas al segundo
nace otro, igual de válido y así sucesivamente hasta que se desata
una guerra de precios entre ellos y uno termina incapaz de asignarles
su debido rango, su debida prioridad. Para aprovechar la magia
del yajé hay que ser bien desaforado, escoger la alternative más
loca, traicionar su racionalidad y al mismo tiempo desconfiar
de su irracionalidad si la última es algo artificial y forzado.
Hay que mirar a todos los granos simultáneamente sin perder la
noción del gestalt, del todo, como en esas pinturas hechas
en computador donde, al relajar la vista, se entra en la representación
dentro de la representación.
Visto de otra manera,
se deben aprovechar de los caprichos de los neurones, no resistirlos.
En lo posible se debe seguir los impulsos hasta donde le llevan
antes de decidir si convienen o no. Por mi formaciòn soy una persona
indecisiva pero mirando mis muchos errores, concluyo que me ha
hecho màs daño la vacillaciòn que las determinaciones equivocadas.
El gran valor del yajé es que lo saca a uno de la indecisiòn.
A veces parece una locura confìar en el bejuco pero màs locura
es no saber què hacer. Lo que nos hace falta es la valentìa de
construir una fe basada en sus beneficios en la vida real.
Tampoco aconsejo
ceder al impulso, digamos, de matar una persona. Uno tiene responsabilidades
con los demàs tambièn y entre el egoísmo y la justa impulsividad
hay una linea invisible pero real. Su ubicaciòn puede cambiar
de un dìa a otro, mas es una frontera. Màs bien es cuestiòn de
lùdica, de jugar la vida en lugar de planificarla demasiado, como
escribiò el poeta Leòn de Greiff:
Juego mi
vida, cambio mi vida
De todos
modos
la llevo
perdida . . .
Hablo de un ideal
de por si irrealizable en las conductas humanas. El paradigma
a seguir serìa el equilibrio orgànico: la polaridad de lo subatòmico,
la auto-inmunizaciòn,la danza de los astros. Los mismos principios
estàn dentro de nosotros. Nadamos entre el mar y el espacio del
equilibrio.
Para manejarlo se
necesita el talento de un maestro de la cuerda floja. Cada uno
tiene su temperamento, su estilo, su modo de lograrlo. No importa
si se cree en su dios o es nadaista. Sòlo es cuestiòn de confiar
en sus miedos, no huir de ellos.
Para mì un buen resumen
de la actitud requerida son las siguientes palabras del sico-analista
mejicano Guillermo Borja. Su historia es cruel: lo condenaron
por tomar peyote con curanderos indìgenas. Resulta que los que
manejaron la càrcel eran profesionales admiradores de sus talentos.
No podìan aliviar sus duras condiciones materiales pero sì le
dieron la oportunidad de ejercer su profesiòn dentro de la càrcel.
Especificamente,
trabajar en el pabellon de los locos,
lleno de violentos y pervertidos quienes vivìan en condiciones
tan infra-humanas que ni siquiera los guardianes se atrevieron
a entrarlo. Enfrentarlos le dio mucho miedo, entonces dìa tras
dìa se sentò en la entrada del pabellon, protegido por las rejas,
donde ponderaba el problema. Como el santo tibetano Milarepa cuando
se fue a meditar en una cueva de hielo con el propòsito de lograr
la iluminaciòn, se resolviò a pasar el tiempo que fuera necesario
para lograr su propòsito. Al final entrò a trabajar con los locos.
Logrò aliviarlos de una manera tan notable que merece ser clasificado
como un gran saneador. A las cuatros años saliò de la càrcel y
al poco tiempo ¡muriò de Sida!:
"No niego la importancia
de los conocimientos. Pero la base de todo es el desarrollo como
persona. Un terapeuta que no haya avanzado en ese camino entre
más se entrene: peor. Terminará subdesarrollándose: poco crecimiento
interior y megalomanía de desarrollo exterior. El crecimiento
tiene que ser simultáneo, coherente. Si no las técnicas van a
ser asimiladas de forma mecánica. La técnica es insensible, lo
que la vivifica es el desarrollo personal del terapeuta".