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¿ A USTED LE PINTA LA PINTA O LA PINTA LE PINTA A USTED ?
Reflexiones sobre las tomas de yajé con Taita Pacho Piaguaje, Buenavista, Putumayo
escrito por: Jimmy Weiskopf
el texto fue publicado en la revista Colombiana, Visión Chamánica, no. 3, Diciembre 2000
Otro artículo en español sobre el espíritu del yajé, Jimmy, su chamán y sus compadres: elespectador.com

  No creo que el yajé de por sí confiera la sabiduría pero sí toca fuentes de inspiración normalmente inactivas, causando una explosión de creatividad, de intuiciones y ideas valiosas. En la medida que se aplica esa sensibilidad a la vida normal, cambia la persona. Es una escuela donde uno tiene que seguir las clases hasta el final. No es cuestión de refugiarse de la cotidianidad, porque sin reformas reales en su conducta y pensamiento los castigos del yajé serán cada vez mayores. Más bien se trata del placer de ver despertar los talentos con que nacimos y estar dispuesto a someterse a una disciplina prolongada para desarrollarlos.

  Entre más tomaba yajé donde Pacho, más sentía que estaba colaborando en un gran teatro de simbolismos compromidos que abrazaba mi cuerpo, mi memoria y una misteriosa subconsciencia. De hecho, diría mega-consciencia, ya que toca mundos que sencillamente no caben dentro de los esquemas cerrados de la psicología ortodoxa.

      Según mi entendimiento la subconsciencia incluye los impulsos, anhelos, fantasías, miedos, etc. que no pueden ser expresados de una manera lúcida y no se prestan a formulaciones linguísticas. El trabajo de psicoanalísta es sacarlos a la luz, interpetar su verdadero significado y conscientizándo al paciente, curarlo.   En mi opinión, todo esos fenómenos tienen algo en común, que surgen de las experiencias personales; en cambio, lo que tienen en común las visiones del yajé es que difícilmente se relacionan con lo que uno ha vivido. ¿Cómo pude ver detalladamente y con mucho colorido en mi pinta de yajé, escenas de la mitología indígena y la iconografía religiosa del Oriente? ¿O los animales selváticos del chamanismo clásico que nunca había encontrado en la vida real? 

   Otras características de la pinta también son llamativas.

Su velocidad, su sofisticado nivel de abstracción visual, su multifacetismo que permite ver unidad dentro de las formas cambiantes, todo eso sugiere una fuerza que no es meramente psicológica ni tampoco "mística" sino supernatural en el sentido original de la palabra. Mejor dicho, la misma naturaleza que asociamos con las plantas y los animales pero mucho más grande que la presencia que sentimos con nuestra percepción normal, una naturaleza interior cuya pavorosa exuberancia está dentro de uno en lugar de parecer algo visto desde la ventana de un carro.  La pinta es absorvente y todopoderosa. Es una bestia que salta, ruge, devora, que tiene una personalidad distinta a las minucias de la experiencia personal.

   Tomar yajé es mucho más práctico que las terapias convencionales, en el sentido de que realmente también reforma a las personas. El enfoque de Freud era revolucionario en su día en la reconstrucción del hombre por su rechazo al oscurantismo, pero lastimosamente no alivió a los enfermos.

  Esos mensajes comprimidos de los cuales hablo, tienen que ver con el lenguaje de la pinta, que es afín a la música en su abstracción y su poder de captar y transmitir ciertas profundidades que no se expresan con la misma fidelidad a través de las palabras.

   Hubo momentos en Buenavista, especialmente en las tomas con muchas personas que sus respectivas energías, mezcladas con los espíritus de la selva, dejaban en mi pinta un "paisaje" espectral que registraba las influencias psíquicas o sentimentales del entorno y era susceptible al manejo orquestal del chamán.  Tenía la ilusión de estar en la espesura de la selva, navegando entre la vegetación que, en un punto del camino se abría para permitir la entrada de la luz, en otro se cerraba la perspectiva creando un flujo de efectos visuales en armonía con las pulsaciones humanas de mi alrededor. La sensibilidad combinaba una percepción de la realidad externa con la pinta primaria, que era más vaga . . . un fondo de puntos de luz transformados en diseños de tela bordada. Estaba flotando en un mar de colores imaginarios y al mismo tiempo, dando vistazos a la choza con su fila de hamacas, la fogata, la mesa de Taita con la totuma del yajé. Así que la navegación entre las hojas, bejucos, quiches, se relacionó con los espacios del entorno, tanta físicos como etéreos. El bejuco me creaba algo como un plano de la casa del yajé, con sus objetos reales y sus energías invisibles.

  La música de Pacho se entrelazaba con el paisaje, transformándose en ondas de colores de distintos matices e intensidades. A veces se filtraba suavemente por entre los troncos, como si fuera algo insubstancial, como neblina que venía de una fuente distante apenas perceptible y sutilmente teñía todo.  En otros instantes, se convertía en una aparición más inmediata y cortante, como el brillo fugaz de la mariposa azul que anuncia la llegada de las visitas. También llegaban explosiones de pinta, que volaban los componentes visuales, los cuales se reintegraban pronto en una nueva composición, algo parecido a un espectáculo pirotécnico. A pesar de las numerosas permutaciones, en esa selva imaginaria seguía viendo a Pacho, a veces grande, a veces pequeño, desde cerca o desde lejos. Siempre mirándolo a través de la galería vegetal, un corredor verde. Era como el eje de mi contacto con su energía fluída, penetrante, creadora y con el juego entre él y las corrientes emocionales de los demás.    

   A pesar de ser aparentamente un lenguaje visual, no sólo se ve la pinta, también se siente de distintas maneras simultáneamente. Por ejemplo, me acuerdo de la vez que tuve la sensación de estar acostado en el piso de una gran bóveda, mirando hacia un cielo hemisférico. Puntos amarillos y verdes estridentes que dejaban un sabor ácido en mi boca formaban una malla de figuras.  Bailaban, saltaban, avanzaban y luego estallaban para agruparse nuevamente con una precisión militar.

   Fueron apenas unos instantes de una compleja secuencia de  pinta que tuve durante largo tiempo aquella noche. No fue una visión objetiva, distante, fría. Igual a lo que veía, mi consciencia estaba en movimiento: experimenté sensaciones de velocidad, de ascensión y de caída, además de cambios de perspectiva y la pérdida y la recuperación de la identidad personal. Esa pinta tenía hasta un sabor característico, el cual producía náuseas y calor.

   Durante semejante bombardeo de efectos fuertes la voz del yajé comienza a romper ciertas barreras. Puede ser que uno refleje igual sobre su vida en su estado normal pero la mente es tramposa e inventa pretextos para resistir el verdadero cambio. Con el yajé las lecciones puramente cerebrales son resforzadas con otras sensaciones más primitivas. En algún sentido uno está utilizando otra clase de inteligencia, la cual se dispersa a través de todo el cuerpo y cuyo foco es el estómago, no la cabeza.

  Hace un puente entre factores en la personalidad que son estrictamente vivenciales y otros que vienen de una dimensión cósmica. Luchando contra el dominio del ego, desbarata la consciencia normal, la percepción se vuelve fragmentada y otra realidad entra por los intersticios.

   Obviamente es imposible entender este proceso mientras uno está experimentándolo; tampoco hay necesidad porque, quiera o no, el yajé penetra el alma del tomador y su sabiduría no depende del cerebro.

  En menor grado, estaba comenzando a tener cierto sentido del proceso, sobre todo, de reconocer el dominio del bejuco y la necesidad de entregarme a su espíritu. Díficiles lecciones porque soy, como muchos, un egoista obstinado.

    Cada vez más, me veía a mí mismo como realmente fui, apretado en todo sentido, miedoso y programado. En el nivel corpóreo, me lo revelaba la continuada resistencia a la evacuación. En un nivel interior, el yajé me enseñaba que era indispensable soltarme en todo sentido. Revivía los conflictos con mi ex-mujer, mis padres e hijos, pero bajo una nueva luz: el sentimiento general era no dar tanta importancia a esos u otros rencores porque, frente a la eternidad eran insigificantes, como mi propia vida.

  Cuando hablo de los conflictos personales no quiero decir que los veía directamente. Sólo pasó ocasionalmente. Más bien rehacía mi vida mediante impresiones subliminales estimuladas por pintas que no tenían nada que ver con mis experiencias sino que venían de otros mundos. Realidades autónomas, extrañas pero nítidas, que al mismo tiempo se relacionaron con mi vida personal mediante razones no-pensadas.

 En gran parte, la pinta sólo insinúa las reformas específicas que se deben realizar y obviamente, lograrlas depende de la voluntad de cada persona. En cambio, le proporciona una gran ayuda indirecta, le pone en contacto con lo sublime. Cuando usted está en auténtico contacto con los espíritus iluminados comprende que la aceptación de su fragilidad da como recompensa una paz interior. Frente a la pura exuberancia de la naturaleza, se siente asombro, adoración, alivio y dicha: esa conscientización ayuda a apagar brevemente el díalogo interior del cual habla don Juan, el maestro de Castaneda. Claro que fortalecer esa paz es trabajo de muchos años de tomar yajé, pero una vez que se siente está en buen camino.

  En términos visuales, muchas pintas fueron abstractas, aunque los mismos elementos se transformaban fácilmente en representaciones. Igual al agua, la pinta nunca es un fenómeno fijo. Siempre está en movimiento, además es evasivo: si usted se esfuerza en captarla cambia de forma y posición, dejando el observador atrás. Es como echar vistazos a un caleidoscopio poderoso y  super-veloz.

  La pinta tomaba distintas modalidades dependiendo del progreso de la rasca. A veces estaba tenue, como un malla de colores interpuesta ante lo observado, más parecida a vibración que algo visto. Pero tarde o temprano, especialmente entrando en la etapa de la evacuación, me pegaba repentinamente y con mucha fuerza. De un momento a otro salía de mi percepción levemente alterada y estaba ahogado en un mundo de imágenes.  De ahí en adelante mil cosas podían suceder. Variaba el espacio interior, el grado de inmersión, la temperatura, la linealidad, la curvatura y la textura de la pinta.

  Las visiones tenían en común una geometría sublime, basada en la conjugación de puntos de color iridiscente y caracterizada por su tridimensionalidad, aceleración y mutabilidad.  Auncuando todo era un flujo de efectos anárquicos, yo presentía una lógica interior, una estructura coherente, parecida a lo que pasa con un espiral que va ascendiendo hasta el cielo pero siempre alrededor de un eje. En el momento menos esperado, esa turbulencia iba definiéndose, un poco a la manera de los íconos de un computador que, cambiando de tamaño, lugar o nitidez, saltan a la vista, cumplen sus funciones y son reemplazados por otros.

  Mientras unas imágenes sí fueron reminiscencias del medio natural que yo observaba, llegaron transformadas en símbolos llamativos de un mundo que no era literal.  Una noche, luego de un viaje a Puerto Asís, fui transportado al río. Como si estuviera en una canoa, estaba flotando lentamente sobre el agua por entre un paisaje tropical. Era un suave flujo de imágenes naturales--las ondas en el agua, los peces, la vegetación ribereña--intensificadas hasta el punto de formar patrones geométricos los cuales iban disolviéndose. Todo era fluidez, deslizamiento y la lenta descomposición de la materia. Olía la podredumbre a mi alrededor, sentía como los bancos del río se iban derrumbando hasta caer en el agua, que absorbía cada ser vivo, llevando y transformando todo lo orgánico en un fango primordial. Era un paradigma de la impermanencia y la muerte.

  Otras pintas traían figuras que no tenían nada que ver con el entorno.  Menciono dos en particular, una que giraba alrededor del tema budista y otra alrededor de lo indígena.

   Ver la pinta no es como prender un televisor: es una transformación gradual de los componentes germinales, ese celaje de figuras coloridas. En el caso del budismo, comencé viendo patrones desdibujados, como los que se asumen las aguas y las nubes. Poco a poco esas manchas lineales o curvadas se volvieron más ordenadas y simétricas. Ingresé a un templo, pasando por recintos cada vez más fantásticos. Era similar a lo que uno ve a través de una lente telescópica mediante los saltos del marco que define el campo visual y va magnificando sucesivamente la misma imagen. Al mismo tiempo, en la manera de la ilusión óptica que sentimos cuando estamos en un tren estacionario que queda paralelo a otro que está en movimiento, era imposible de determinar si la pinta se me estaba acercando a mí o vice versa.

   Llegó repentinamente un momento de arranque, en el cual yo estaba compenetrado con la pinta, que tomó vida propia y se aceleró, llevándome más al fondo. Pasé de la entrada del edificio a unas salas cada vez más herméticas. Con la visión periférica, cogí vistazos de paredes en filigrana, tapetes y pilares para luego ascender unas escaleras bajas que conducían al salón principal.  

   Coronado el último peldaño, llegué al máximo grado de definición y se me apareció sobre una plataforma, primero un trono central flanqueado por dos menores, luego la vaga presencia de unos lamas protectores y al final, por la silla real, la figura central del Buda. 

 Presencié una luminosidad creadora capaz de infinita transformación. Giraba velozmente por varios ejes y en cada revolución veía distintos aspectos de una majestuosa figura sentada en postura de loto con la cara redonda, la sonrisa de iluminación, el tocado adornado con joyas. Pero no era sólida sino un conjunto dinámico, chispeante de luces y colores en metamorfósis permanente que al mismo tiempo que sugería multiples estatuas era pura abstracción, un campo de puntos coloridos con orden interior, como un aviso luminoso visto de cerca. Mientras la aparición circulaba, los budas se fueron volando hacia afuera, cambiando en radiaciones que volvieron a su lugar original para alimentar la parte interior,  que ahora tomó los mismos elementos para revelar otras facetas del fuego central.  En medio de los budas veía los monolitos de San Agustín, faraones y máscaras africanas que también eran flores, joyas, estrellas, en fin, una loca procesión de imágenes radiantes con un fuerte simbolismo ritual y un ordenamiento artístico. 

  La segunda pinta repetida que ví fue de unas escenas idealizadas de la vida pasada de la cultura indígena.  Tenía en común con la serie anterior un fuerte sentido de movimiento interior, pero mientras en el tema budista tenía la ilusión de estar yendo hacia adentro, en el indígena la sensación de era más bien de ascenso. Sin embargo, compartió con la primera esa característica resolución de elementos visuales indefinidos que van formando patrones reconocibles sin perder su naturaleza abstracta, como en el caso de los vitrales. Nuevamente fueron visiones de mucho esplendor y colorido que, se apoderaron del cuerpo, llevándolo a nuevas dimensiones. En medio del centelleo tuve momentos en que se me despegó de la percepción cotidiana. Libre de las ataduras de un cuerpo que envuelve y pesa, me iba flotando en ese atmósfera de puntos relucientes dentro de una malocca enorme, viendo filas de indígenas salvajes, musculosos, semi-desnudos pero vestidos de plumas y collares, participando en un baile ceremonial. Realmente no vi los detalles arquitectónicos con claridad sino  un gran espacio circular, un anfiteatro que al mismo tiempo era un domo cuyos perímetros formaban gradas en las cuales se veían miles de personas. Lo curioso eran sus actitudes. Algunos se burlaban de mí, señalando la presencia de un extraño; otros me amenazaban, agitando sus macanas y gritando groserías, pero poco a poco mientras me iba volando hacia la cima se fueron calmando. Esto se logró mediante una suerte de diálogo tanto con ellos como con mi consciencia personal. Era una representación simbólica del proceso de purificación que estaba viviendo con el yajé, de cómo mi entrada al mundo de los espíritus dependía de mi lucha para corregir mis debilidades. Con la aceptación de esas figuras imaginarias, la cual puede ser interpretada como el reconocimiento de mi propia pequeñez, la misma asamblea de formas y colores se disolvió para pintar otras escenas, no tan fantasiosas pero relacionadas con la vida cotidiana de su pueblo. Aun así eran visiones de un idilio que probablemente nunca existió en el pasado, de los indígenas fabricando artesanías, bañandose en el río, descansando en hamacas,acompañadas por un sentido de paz y bienestar. Eran como proyecciones de mi propia esperanza de superar la neurosis a través del yajé, el alivio de sentir transitoriamente que no ya no tendría que vivir peleando porque las peleas eran de mi propia invención.

  Hablar de un contacto de esa intensidad también es engañoso porque realmente el acercamiento es esporádico. Interviene el yo-observador y uno pierde el hilo para (con suerte) recuperarlo nuevamente. Lo que distingue el verdadero taita es su capacidad de concentrarse en las visiones, lo cual depende de su pureza corporal, su buena conducta y su trayectoría como yajécero.

   Lógicamente corresponde más a la artes plásticas que la literatura captar la esencia del yajé. De hecho, hay una escuela de artistas tomadores del yajé que han hecho un buen trabajo en este campo. Algunos, como el reconocido Pablo Amaringo y otro llamado Jaime Blanco, son primitivistas pero también los hay académicos, como el brasilero Alexandre Segrégio, quien ilustró un artículo mío, y el pastuso Javier Lasso, aprendíz de taita Pacho. Además de admirarlos, los envidio porque trabajan directamente la parte visual.

  Sin embargo, ya no es tan difícil para el escritor dar a la persona que no conoce el yajé una idea más nítida del asunto, recurriendo a paralelos con el cine contemporáneo. Para la muestra recomiendo una película de Schwarzenegger, llamada El Depredador, que trata de las aventuras de unos soldados de la fuerza élite gringa que están peleando en un país tropical. En medio de sus andanzas por la jungla, a los integrantes del pelotón los van matando de una manera bastante extraña: aparecen muertos colgados en las altas ramas a la orilla del camino, completamente mutilados. Al comienzo, piensan en la guerrilla pero su jefe, Schwarzenegger, se da cuenta de que el destripador es un espirítu. Entra en un combate prolongado con ese diablo luego de perder todos sus hombres, sufre muchas humiliaciones y al final lo mata.

  El retrato cinematográfico del espíritu malo es pura pinta de yajé, quiero decir, aparece como una configuración de luces--unos destellos de color--, que se manifiestan con una multiplicidad vertiginosa. Se cambia de fulgor a sombra, de ave a serpiente, de animal a diablo, de ser vivo a una figura abstracta, geométrica. Salta del árbol, se vuelve guerrero  y cuando Schwarzenegger le apunta con su fúsil supersónico se mimetiza con la vegetación para salir nuevamente con otra cara. Su manera de compenetrarse con el medio aprovechandose de la ambiguidad óptica lo hace buen ejemplar del espíritu chamánico. 

 Bajo el embrujo del bejuco, tengo una fuerte intuición de que la aparición de un cine de efectos yajéceros no es gratuíta. En el preciso momento cuando por primera vez en la historia los guardianes del rito están ampliando sus horizontes para incluir aficionados blancos, surge de avances en arte y tecnología que no tienen que ver con las culturas indígenas, una sensibilidad muy parecida a la del yajé. En mi opinión todo eso es parte de nuestro zeitgeist, el espíritu de una época apocalíptica en la cual se revelarán muchos secretos que anteriormente estuvieron guardados.     

  Sin embargo, los blancos cometemos un error en obsesionarnos por ver. Pensamos que  la única manera de acercarse a los secretos del bejuco es mirar visiones. Sucede porque venimos de una cultura sobrecargada con mensajes visuales. En cambio, el buen campesino tradicional, especialmente el indígena, mantiene en equilibrio sus sentidos. El medio lo exige como cuestión de supervivencia. En la selva el tacto es muy importante, por la plaga y la vegetación que obstruye el camino. De igual modo, el oído para cazar o advertir un peligro. Hasta el sabor tiene su papel, en la identificación de las plantas. Entre más tomo yajé más convencido estoy de la importancia de tener un sentir polimórfico. Por otro lado, advertiendo que la pinta no es una ilusión, ¿ Por qué siempre asociamos las "alucinaciones" con algo visto ?  El yajé también hace milagros auditivos. Una noche, cuando todo a mi alrededor estaba relativamente tranquilo, oí claro durante unos segundos una tamboreo que resonó por toda la selva: tan, tan, tan, tan. Fue el sonido de un golpe fuerte de madera contra madera, parecido a la acústica de los troncos musicales que se utilizan para propósitos ceremoniales entre los indígenas del Amazonas. Sin embargo, los compañeros no reaccionaron y al esforzarme en localizarlo, se esfumó, así que concluyo que vino de los espíritus.

   Al aferrarse demasiado a las visiones, uno pierde la oportunidad de desarrollar otros medios de comunicación con los duendes, sobre todo la música, el baile y la oración. Para la mayoría de los principiantes blancos, es más práctico penetrar el mundo en lo más recondito del espíritu a través de una participación activa y comunitaria. Ver la pinta bien, sosteniéndola y sin extraviarse en la rasca, requiere de una quietud que no nos viene fácilmente

    Ese despertar y armonización de los sentidos juega un papel primordial en las reformas que el yajé hace a la persona. Como trabaja no sólo sobre el intelecto sino tambíen la carne y los reflejos, el bejuco comienza a sacar la personalidad escondida que está dentro de todos nosotros, lo que los moralistas tildan de bestia, de salvaje, de primitivo. En algún sentido si lo es, una fuerza impredecible que puede explotar en cualquier momento. Yo prefiero verla como un animal noble por naturaleza pero maltratado por su amo -uno mismo deformado por la sociedad- que responde al cariño y es susceptible a la disciplina cuando usted se gana la confianza. Reconozco que, faltando el marco cultural tradicional, su fuga de la jaula de las represiones es un proceso traumático y muchas veces violento. Lucha por establecer su identidad y desata una guerra civil dentro del alma misma del tomador. Por lo menos así fue mi caso. La única solución es no tirar la toalla y someterse al sinfin de castigos que el bejuco tiene reservado para los pretenciosos.

  Mientras el ego, con todas las obsesiones que produce, ayuda a explicar nuestra ceguera frente a la sabiduría ofrecido por el bejuco, no es el único obstáculo. Hay algo en la misma naturaleza del yajé que presenta grandes dificultades. Hablo de la manera en que el bejuco vuelve los circuitos nerviosos demasiado caprichosos. Es cuestión de la supra-lucidez, la capacidad de ver nítidamente cada grano de arena en la playa. Cuando surge un pensamiento, es muy claro, tiene buena definición, conduce a reflexiones que son ùtiles para la vida. Mas al segundo nace otro, igual de válido y así sucesivamente hasta que se desata una guerra de precios entre ellos y uno termina incapaz de asignarles su debido rango, su debida prioridad. Para aprovechar la magia del yajé hay que ser bien desaforado, escoger la alternative más loca, traicionar su racionalidad y al mismo tiempo desconfiar de su irracionalidad si la última es algo artificial y forzado. Hay que mirar a todos los granos simultáneamente sin perder la noción del gestalt, del todo, como en esas pinturas hechas en  computador donde, al relajar la vista, se entra en la representación dentro de la representación.

  Visto de otra manera, se deben aprovechar de los caprichos de los neurones, no resistirlos. En lo posible se debe seguir los impulsos hasta donde le llevan antes de decidir si convienen o no. Por mi formaciòn soy una persona indecisiva pero mirando mis muchos errores, concluyo que me ha hecho màs daño la vacillaciòn que las determinaciones equivocadas. El gran valor del yajé es que lo saca a uno de la indecisiòn. A veces parece una locura confìar en el bejuco pero màs locura es no saber què hacer. Lo que nos hace falta es la valentìa de construir una fe basada en sus beneficios en la vida real.

   Tampoco aconsejo ceder al impulso, digamos, de matar una persona. Uno tiene responsabilidades con los demàs tambièn y entre el egoísmo y la justa impulsividad hay una linea invisible pero real. Su ubicaciòn puede cambiar de un dìa a otro, mas es una frontera. Màs bien es cuestiòn de lùdica, de jugar la vida en lugar de planificarla demasiado, como escribiò el poeta Leòn de Greiff:

               Juego mi vida, cambio mi vida

               De todos modos

               la llevo perdida . . .      

  Hablo de un ideal de por si irrealizable en las conductas humanas. El paradigma a seguir serìa el equilibrio orgànico: la polaridad de lo subatòmico, la auto-inmunizaciòn,la danza de los astros. Los mismos principios estàn dentro de nosotros. Nadamos entre el mar y el espacio del equilibrio.

  Para manejarlo se necesita el talento de un maestro de la cuerda floja. Cada uno tiene su temperamento, su estilo, su modo de lograrlo. No importa si se cree en su dios o es nadaista. Sòlo es cuestiòn de confiar en sus miedos, no huir de ellos.   

  Para mì un buen resumen de la actitud requerida son las siguientes palabras del sico-analista mejicano Guillermo Borja. Su historia es  cruel: lo condenaron por tomar peyote con curanderos indìgenas. Resulta que los que manejaron la càrcel eran profesionales admiradores de sus talentos. No podìan aliviar sus duras condiciones materiales pero sì le dieron la oportunidad de ejercer su profesiòn dentro de la càrcel. Especificamente,

trabajar en el pabellon de los locos, lleno de  violentos y  pervertidos quienes vivìan en condiciones tan infra-humanas que ni siquiera los guardianes se atrevieron a entrarlo. Enfrentarlos le dio mucho miedo, entonces dìa tras dìa se sentò en la entrada del pabellon, protegido por las rejas, donde ponderaba el problema. Como el santo tibetano Milarepa cuando se fue a meditar en una cueva de hielo con el propòsito de lograr la iluminaciòn, se resolviò a pasar el tiempo que fuera necesario para lograr su propòsito. Al final entrò a trabajar con los locos. Logrò  aliviarlos de una manera tan notable que merece ser clasificado como un gran saneador. A las cuatros años saliò de la càrcel y al poco tiempo ¡muriò de Sida!:

 "No niego la importancia de los conocimientos. Pero la base de todo es el desarrollo como persona. Un terapeuta que no haya avanzado en ese camino entre más se entrene: peor. Terminará subdesarrollándose: poco crecimiento interior y megalomanía de desarrollo exterior. El crecimiento tiene que ser simultáneo, coherente. Si no las técnicas van a ser asimiladas de forma mecánica. La técnica es insensible, lo que la vivifica es el desarrollo personal del terapeuta".

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